miércoles, 8 de octubre de 2014

Sin crónicas, de acopios y cantinas ~ Vinocracia

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Siempre que busco información para graficar o complementar un artículo, me encuentro con web realmente sobresalientes, con una calidad en sus escritos, y los temas que desarrollan, son muy buenos y excepcionales, ya que existe muy poca información de estos temas.

Acá una web que merece estar entre nosotros y leerla de pé a pá, ya que así nos llenamos de sabiduría en cuanto al vino y sus dependencias, donde se visita con amigos a tomar su trago... está página es Vinocracia, y la crónica del autor Alvaro Tello.

Vamos con esta página, que espero les guste como a mi...

Sin crónicas, de acopios y cantinas0:24 Alvaro Tello 11

Bebedero o quinta de recreo llegaron a ser formas de amilanar la expresión correcta, que en la fraternidad y códigos internos del barrio, se le dieron al chupadero o al bar improvisado. Simplemente no quiero abusar de estos términos que parecen algo chuscos de pronunciar. Es mejor adelantarse hasta ver la influencia del cine mexicano proyectado en el cine de barrio, donde nos subyugamos ante las costumbres foráneas dándole nuevo bautismo a estos locales, que llegaron mayoritariamente a instituirse como “cantinas”. Antagónicamente en la intimidad del hogar, se podía distinguir a las dueñas de casa ningunear la afición y visita del proveedor a aquellos lugares, utilizando el peyorativo término de “sucucho”.

Por otro lado, el acercamiento de la clase acomodada en el extremo de la siutiquería indiferente, acostumbraba a mencionarlos como simples bares de mala muerte o clandestinos (dentro del ámbito público de clandestinos no tenían absolutamente nada) siempre asociados a cualquier desgracia moral. Cuestión comprensible, ya que el consumo de alcohol carga históricamente desde la independencia, una estrecha relación con otras actividades que fueron muy difíciles de desestigmatizar.

Las cantinas y quintas de recreo, sostienen su reputación y cimiento dentro de las necesidades básicas e imprescindibles de la microeconomía de barrios y construcciones progresivas, que se dieron a la medida y crecimiento de Santiago y sus políticas de urbanización anteriores a los años cincuenta. Entre almacenes, carnicerías y panaderías, la cantina o sucucho es parte de la solución al desconsuelo, un distractivo ante la estrechez económica, legitimando la convivencia alcohólica y deportiva comunitaria. Entre el juego de damas, ajedrez, dominó, cacho y rayuela en las cunetas de piedra, se educó gran parte de la población santiaguina, aprendiéndose en ellas, a tolerar y celebrar el alcoholismo y su figura alegórica: el viejo curao, como si fuese un pintoresco equilibrista con donaires de cantante, un artista sin sueldo, que vivía de la caridad del bigoteao que cedía el patrón.

Dentro de un mínimo de cuadras a la redonda, las cantinas y quintas formaban parte irrebatible de la creciente escena comercial de Santiago, a nuevo barrio nueva parroquia. No es un tema menor, ya que si revisamos la siempre incierta y mitológica crónica de nuestra ciudad, podemos constatar que estas son la herencia y evolución lógica de los saraos y de improvisadas chinganas, y también, una variante pacificadora del vino que corrió con sangre en los cité y casas de huifa de Mapocho y Santa Isabel. Esto corrobora que instintivamente, si se expandía Santiago más allá de Quinta Normal, la Chimba hacia norte, Carmen y Agrícola hacia el sur, e incluso parte de Providencia, el hueveo distractivo y evasión de la pena colectiva tenía que seguir a sus habitantes, acomodarse y sentar bases en la arquitectura de casas pareadas y esquinas ochavadas.

Cuando se institucionalizó el beber en estos espacios, que crearon una unión indivisible entre los vecinos y el siempre cómplice “patrón” o cantinero; dentro de lo habitual y rutinario del espectáculo; nunca se vio al gran negocio que sustentada el por entonces fluido comercio del vino. Nos referimos a la famosa “picada”. Este último término, dista bastante del concepto que hoy en día tenemos de lugar con oportunidades y soluciones comestibles, en realidad, eran centros de acopio, verdaderos bodegones abiertos donde entre fudres, tinajas y cañas de prueba, se rellenaban y lacraban las damajuanas y garrafas para ser distribuidas por todo Santiago; con vinos provenientes de Conchalí, Peñalolén, El Peral, Puente Alto, Limache, Parral, Curicó, Cauquenes, Chillán y el resto de Itata.

Curiosamente, cada cantina y picada, siempre lograba improvisar algo comestible, y es acá donde el sánguche rápido entra en el panorama, quizás con el afán de amortiguar el golpe y la rudeza de algunos vinos que en la jerga común, se les conocía como crudos. (El termino se aplicó al vino y a la chicha).

El hecho de hablar de esto, viene sencillamente de la mano por que estoy en contra de ese afán constante de “retomar tradiciones”, todas, supuestamente perdidas y recordadas con duelo y moquilleo. Primeramente, ¿qué vamos a retomar?, la respuesta es nada. Me he dado cuenta que las tradiciones más que despedirse del escenario físico, se diluyen en la memoria y kilómetros extra que va ganando Santiago, logrando también guarecerse y hacer fuga de comentarios y crónicas con aires de tradición progre. Y la verdad, es que los centros de acopio y cantinas han sobrevivido a la llamada crisis del consumo individual que se da desde 1990 en adelante; aún existen ambas entidades, pero que simple vista representan en apariencias algo comercialmente distinto, pero su función, sigue siendo exactamente la misma.


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De los acopios emblemáticos y extintos que vale la pena recordar, encontramos el de Vicuña Mackenna 1440, donde se distribuía el vino de Planella Hermanos, provenientes de la Viña Santa Rosa del Peral en La Florida y de Loma Blanca en Talagante. Se suma el acopio de los clásicos Vinos de Cunaco ubicados en Franklin 328. De todo esto, sólo queda imaginarse que entre los nuevos negocios automotrices alguna vez existió un prolífico comercio de vino, que incluso logró involucrar a las viñas tradicionales que embotellaban parcelas más abajo: Viña Santa Carolina, Santa Catalina y Valdivieso. Pero hablar de picadas legendarias y que aún sobreviven, las que sin duda marcaron el paso en Santiago se encontraban bordeando la entonces llamada periferia.

En lo que hace décadas era un peladero y basurero donde se llevaba a comer a los chanchos y a quemar basura, todavia se encuentra El Chillanejo, en calle Lo Errázuriz 2091, comuna de Maipú, lugar que sirve para comprobar que desde lo que fue el acopio, picada o chichería, el giro o razón social actual cambia a distribuidora de licores.

Todavía se distribuye entre cervezas y destilados la chicha de Chillán y los vinos de Lomas de Portezuelo. Otros lugares que persisten son San Andrés, en Carlos Valdovinos esquina Club Hípico, bordeando la población La Victoria. Que si bien llama a 10 años de servicio, es el reemplazo de otro acopio anterior que gozaba de categoría y reconocimiento en el sector sur de la capital. Otro ejemplo es la JP o San Jorge, en Diez de Julio Huamachuco 1352, fundado por la familia Parraguez-Darvich en 1948. Si vamos buscando algo de purismo o una aproximación a ello, la pauta la marca el tradicional El Pipeño, ubicado en Tocornal 2240, inaugurado por el matrimonio Pérez-Alarcón posterior a los años sesenta; que viene siendo una mezcla de acopio y cantina –de hecho es ambas cosas– siendo reconocida en la actualidad como picada tradicional, donde el pipeño Italia, el tinto Santa María y la chicha en damajuana servida por el patrón, se respira antes de entrar al local.

El Pipeño marca la pauta y da certeza, a como las cantinas adquieren nuevos apelativos debido a su cambio de repertorio y forma. El mesón o barra, fue reemplazado por mesas de fierro con enchapados de madera cholguán, llenas de alcuzas de lata y servilleteros, y que tras nuevas extensiones comerciales, el letrero pintado a mano luce nuevos apelativos, como bar, restaurante –o restorán– e incluso parrillada o simple botillería.

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La creencia de poca transversalidad social o que las cantinas se instalan sólo en barrios obreros y comunas dormitorio, es un prejuicio algo debil. Cuando el ahora “barrio alto” no era mas que parcelas y loteos de familias vascas, ya existían cantinas e improvisadas chinganas. En calle Rojas Magallanes de La Florida, Peñalolén, La Reina y Las Condes, sobreviven los restos de adobes y evidencia por confirmar. Actualmente podemos hasta cierto punto revertir el trasnochado sesgo, tomando como ejemplos el Marabú, de Sebastián Elcano, comuna de Las Condes, que atiende desde 1966 tomado cierto atractivo para la prensa, por tratarse de un lugar que descontextualiza al barrio. 

Esto ocurre también en la llamada baja Providencia (ahora Barrio Italia), donde el Rapa Nui de José Manuel Infante esquina Jesuitas y el Bar de René en Santa Isabel, hablan de esa belleza tosca del bar a medias, que en realidad se cimienta en lo que fueron barrios llenos de negocios, prostíbulos y viviendas con hacinamiento obrero, que laboraban en las casas de arquitectos, ingenieros y médicos del sector Salvador y Manuel Montt. 

En este raro contraste social que todavía es visible, poco queda del recuerdo de sus habitantes que se dedicaron a trabajos pesados en las maestranzas de San Eugenio, así como también en fábricas del barrio Carmen y Victoria. La gentrificación actual del barrio Italia y Condell, logran diluir la idea que esto fue la extensión de los cités y conventillos de Santa Isabel. Es interesante ver la precaria evidencia de viviendas progresivas, que se extienden más allá de Diagonal Oriente con Lyon, quedando fachadas de antiguas cantinas que ahora lucen como restaurantes chinos o peluquerías.

Lo interesante en la búsqueda de sobrevivencia arquitectónica, es poder dar certeza o aproximación a las costumbres locales, que en casi la mayoría de los barrios muestran similitudes. En ese intento se encuentran lugares interesantes, como uno muy cercano a la población La Legua, en la intersección de calle Gambetta con San Francisco. En aquel cruce, las cortinas metálicas hablan de comercios ahora inexistentes; como una cantina que consolaba a los visitantes del hospital Barros Luco, que pasó a ser botillería, después restaurante, para terminar como una improvisada iglesia evangélica.



En otro extremo, comuna de La Florida, que antes de 1950 seguía hablando de campesinado, señala con cierto orgullo a la quinta de recreo El Negro Bueno, que estando en pie desde 1932 ahora es capaz de morfosear y convertirse en espacio multicultural. Aun así, sigue haciendo guardia a los vecinos con pipeño, chicha, vino y cueca, que recuerdan a los bravos juegos de salón donde corrían apuestas, peleas y las firmas de Alessandri y sus mandatos que eran sellados con un salud.
Un poco más al norte resiste el Pipas Bar, en la calle Santa Cristina 3144, comuna de Macul. Abierto desde 1935, quedan rastros de construcciones con ventanas bajas, que dan testimonio de su pasado agrícola, cuando las viñas y parcelas de alrededor se loteaban entre políticos, ministros y latifundistas. En Pudahuel hace causa similar La Carreta, ubicada en San Pablo 9399. El lugar presenta una especie de casona aledaña que fue una antigua posada de descanso, correspondiente a la parada obligada y salida del antiguo Camino del Real hacia Valparaíso, donde ya ha desaparecido el tranque de reposo donde fondeaban a los caballos.

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Actualmente varias cantinas y sus patrones prefieren la discreción, algunos aseguran que el periodismo no es tan bueno. 
Cuando este se acuerda de ellos trae consigo cierta ganancia, pero llega gente que les resulta extraña, que termina intimidando a sus parroquianos, sintiendo que sus códigos y lenguaje son violados. Al parecer privilegian ser parte del mínimo espacio y estar bajo el resguardo propio del barrio, que a ser parte de la imagen colectiva o de la choreza pública. Para respetar esos códigos que llevan 60 y más años recorriendo las calles, preferible no entrar en detalles acerca de sus relatos internos, sólo limitarse a una breve mención de aquellos que sobreviven: la chichería de El Huaso Carlos, en Esperanza 33, El Marcelino, en San Ignacio 2627 en San Miguel, Las Tejas en San Diego 236, donde conocí al difunto acordeonista Egidio ·Huaso· Altamirano, Las Pipas de Serrano, en Serrano 295, El Quitapenas de Recoleta 1485, el Deportivo Comercio Atlético en San Diego 1130; El Wonder Bar en General Mackenna 1165, con su insuperable “chicha de Malloa”; Pancho Causeo en Ecuador 4102, El Parroquiano de calle Fariña, El Burro Alemán de Matucana 22; la que fue una casona campestre llamada Villa Alegre, en Pedro de Valdivia con Los Espinos; y muy en especial, a los desaparecidos: La Picá del Tata en San Francisco, Club Thunder y Club Atlético Brasil de Quinta Normal, estos últimos, dentro de la perdida y extraña convivencia etílica y deportiva. (A falta de jugadores, muchos clubes deportivos de barrio terminaron vendiendo vino, cerveza y sánguches)
El espacio creado para beber definitivamente subsiste con los mismos códigos y vida propia ya de un siglo atrás. 
Quizás ha de ser este su principal atractivo que logra perdurar a través del tiempo, llamando la atención de forma notable, el cómo a pesar de todas las costumbres entrantes y salientes, estos lugares pueden y logran proyectarse y sobrevivir evadiendo gentrificaciones y modas barriales. Quizás no se le ha tomado el peso suficiente, que esta es una de las costumbres o instituciones, que expone clara y públicamente nuestro desorden individual y colectivo, y el como en repentinos cambios de animo que van desde la euforia al desencanto, sin puntos intermedios, se hace necesario un rincón para ahogar la claustrofobia o desatar el entusiasmo, sin sentirse privilegiado en nada. Acá la igualdad es un estatuto.
Para dejar remojando un poco en cloroformo este asunto o cederle los datos a la encuesta de la P.U.C. sobre consumo y tendencias del vino, seguro quedaría sin poncho y en números azules al ver cómo “la gente”, puede ir en una noche a dar de baja treinta y más litros de vino, sin marca, sin etiqueta, sin madera y sin vergüenza.

A.M.T.
@vinocracia

Más de Vinocracia: Acá.

Fotografías: 1) y 6) Garrafa y caña. 2) Cuadro al óleo Jaque Mate del artísta Javier Molina. Óleo sobre tela, 160x160 cms.Inspirada en una velada bohemia de los '90 en el centro de Santiago donde se ve a Mickey después del laburo.Colección privada Luis Venegas. 3)  El Chillanejo, en calle Lo Errázuriz 2091, comuna de Maipú. 4) El Rapa Nui de José Manuel Infante esquina Jesuitas, barrio Italia, Providencia. 5) La chichería de El Huaso Carlos, en Esperanza 33.

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